Aguará el Pastor Belga y Apolo el Tigre Dragón encabezan una comunidad de más de 200 jóvenes
Therians en Buenos Aires: “Ver algunos animales es como vernos en un espejo”
Entrevista a dos de los referentes del movimiento local de therians, individuos que se identifican y expresan como animales. “Sabemos que somos humanos regidos por un código penal”, tranquilizan.
Su cuerpo es humano, pero su identidad, animal. “Tengo dos años y medio”, dice Aguará, un adolescente de 15 años de pelo rosa, mientras se estira como un perro. “De hecho, soy un perro —dice—: un pastor belga malinois”. ¿Y de dos años y medio? Sí, porque en “año perro”, los años se multiplican por siete, ¿sabían? Y aunque suene loco —loquísimo—, estamos delante de un auténtico fenómeno de teensploitation. Donde va, Aguará es sensación: corre, salta, se viraliza. Y fue el Barrio Chino el que se convirtió en el escenario propicio para compartirle al mundo quién es realmente: un therian.
Según The International Anthropomorphic Research Project (IARP), un grupo de científicos que investigan el furry fandom, “la therianthropía es el fenómeno de individuos que se identifican como una especie animal no humana y a menudo pueden manifestarse a través de shifts, que son cambios en el estado mental o sensaciones físicas percibidas”.
La cosa es así: los therians se viralizaron porque generan en los otros “algo” difícil de decodificar. Es risa, es bronca, es comprensión, es menosprecio, es incomodidad, es amor, es desconocimiento, es todo eso junto y mucho más. “Desde chico tuve comportamientos que no eran normales”, continúa Aguará. Porta siempre una colita de zorro —o varias— y es el ¿perro? que se viralizó saltando por las plazas de Belgrano. “Con el paso del tiempo, me di cuenta de que tenía una conexión con los canes”, sigue, mientras Milanesa de Pollo, su perro, celebra la aparición del NO en su hogar del barrio de Balvanera.
Aguará quiere tanto a los perros que se siente parte de ellos. Se siente uno de ellos. Y sí, también ladra, se rasca, huele y pierde su mirada buscando vaya a saber qué. “A mí me gusta la atención. Y me chupa un huevo lo que digan los demás. No tiene por qué importarme”, desafía.
Mientras tanto, a su lado, Apolo, dos años y medio perrunos y unos quince de humano, asegura que es un “polytherian” pero que fundamentalmente es un “tigre”. Se lo ve más reservado, medido en sus palabras y porta un marco teórico bien sólido. Por eso, define sin solución de continuidad algunos conceptos como theriotipo (especie), phantom shift (sensaciones físicas de miembros que no están) y otherkin (término paraguas que incluye criaturas mitológicas como elfos, hadas, ángeles y vampiros).
“También soy un dragón”, dice Apolo, dejando entrever su lado otherkin y mitológico. ¿Por qué? “No lo elijo. Es como ver un espejo. Si bien siempre supe que soy un tigre, que ni siquiera es mi animal favorito, también soy un dragón. Siento la necesidad de volar. Puedo tener varias identidades físicas, mentales y espirituales”. Ser “therian” no es un término clínico ni biológico estándar, sino más bien una identidad subcultural y psicológica. “Ay, yo también soy un dragón”, se suma Aguará. ¿¡Por qué!? “Porque soy escamoso.” Donde esté, en el plano que se encuentre, David Lynch se está abriendo una verdulería.
Otros animales que Apolo también “es”: tigre blanco, tigre naranja, zorro de mármol, gato siberiano y hámster. Todos al mismo tiempo. “Ver a esos animales es como ver un espejo”, insiste Aguará, en plena ascensión filosófica. Aguará se crió entre perros y Apolo entre gatos. El origen salvaje y divino del poder romano, con la fábula de Rómulo y Remo criados por lobos, está contado desde este punto exacto.
