Misoginia y racismo extremo en formas de gobierno actuales
¿Cuál es la relación entre los agentes de ICE y los INCELS que llevaron a las derechas al poder?
Este suplemento documentó en 2021 ese ámbito de la web donde estaba alojado ese varón heterosexual enojado por los derechos adquiridos de las mujeres gracias a los feminismos. Esa franja, joven y disconforme, encontró un vehículo poderoso con el voto a Milei. ¿Se puede pensar en un fenómeno similar en Estados Unidos? Esta nota se lo pregunta con datos concretos.
“Puta de mierda” (fucking bitch): estas fueron las palabras del agente de ICE Jonathan Ross tras haber fusilado de un tiro en la cara a Renee Wood, una poeta y escritora estadounidense lesbiana de 37 años, mamá de tres niños, que estaba en su camioneta filmando cómo la agencia anti inmigración de Trump aterrorizaba a sus vecinos, en Minesota. “No estoy enojada con vos”, le dijo Renee a Ross antes de que él le disparara, a quemarropa, cuando ella hizo marcha atrás con su vehículo para volver en dirección al tráfico.
Mientras René se desangraba en su asiento, con su perrito en la parte trasera de la camioneta, otros agentes de ICE rodearon el vehículo para evitar que fuera socorrida por personal médico que se encontraba en el área. Ella recibió cuatro tiros: uno en la cara, dos en el pecho, uno en el brazo. Murió antes de llegar al hospital.
¿Qué hilo rojo podemos unir entre el desprecio virulento de Ross hacia Renee y cómo ICE se beneficia de los hombres rotos que odian a las mujeres?
Hace casi cinco años, esta cronista escribió este artículo sobre los paralelismos entre los seguidores de Milei y los INCELS (acrónimo de célibes involuntarios). Los INCELS son, en pocas palabras, un cierto grupo difuso de varones jóvenes blancos heterosexuales, nacido en internet hace casi una década, cuya fuerza centrífuga es una profunda vocación misógina como dogma fundamental. Ellos empezaron a articularse en los foros más malolientes, oscuros y mohosos de la web, dirigidos por personajes como el empresario Andrew Tate -juzgado en Rumania por tráfico humano y múltiples casos de violación- y el joven terrorista Elliot Rogers, que mató a seis mujeres e hirió a otras 14 antes de suicidarse.
Es muy fácil escarbar la superficie de este universo masculino para advertir que, básicamente, se trata de hombres jóvenes frágiles, rotos, solos, frustrados y amenazados por los avances feministas, que no encuentran su lugar en el mundo. Aunque no todos los votantes de Milei o agentes de ICE sean, necesariamente, INCELS, entre ser un INCEL y comprar el paquete de consignas anti-derechos, anti-pueblo y pro-crueldad institucionalizada de la ultraderecha, hay un solo paso.
Según distintos estudios, como este de la OMS y este del Pew Research Center de EE. UU., los hombres jóvenes de bajos recursos, sin educación y sin pareja, son el grupo que se siente cada vez más solo y reporta no tener ni siquiera un solo amigo cercano. Una condición que se acrecentó exponencialmente durante la fragmentación social impulsada por la pandemia y con el uso intensivo de las redes sociales como mediadoras de las conexiones humanas; en un contexto donde los espacios de encuentro comunitario están desapareciendo en pos de la gentrificación y la privatización de áreas verdes.
A principios de los 90’s, Los Simpson reflejaban cómo era la vida de las familias nucleares promedio de la clase media de los suburbios estadounidenses: unidades estructuradas bajo lógicas patriarcales lideradas por hombres proveedores que, con trabajos de obreros no calificados, podían acceder a comprar una casa, mantener a varios hijos y a una esposa, y tener tiempo para compartir con sus amigos. Varones que hacían de sus espacios de trabajo lugares de pertenencia, con la brújula orientada a proveer a sus familias como razón de ser y conectados con sus comunidades.
Hoy, el paradigma que describía Los Simpsons, es una fantasía nostálgica: los jóvenes estadounidenses se endeudan durante décadas para tratar de insertarse en mercados laborales que se caen a pedazos, la única forma de acceder a una casa propia es heredando, los trabajos disponibles, -como ser repartidor de Rappi-, son cada vez más alienantes, precarizantes y solitarios, y tener un puesto laboral apenas alcanza para pagar alquileres cada vez más asfixiantes. Las comunidades están cada vez más fragmentadas, en torno a discursos que celebran lo individual por sobre lo colectivo, castigan el ocio e incitan la sospecha hacia el prójimo, que se convierte en una amenaza latente.
Se crea, de esta manera, una masa de hombres jóvenes que no tienen trabajo, no tienen amigos, no tienen perspectiva de futuro, no tienen recursos para educarse, no saben cómo vincularse con las mujeres, no tienen herramientas emocionales para gestionar sus sentimientos, no encuentran su sentido de ser en el mundo y, muchas veces, encuentran en las consignas de la ultraderecha un rumbo moral atractivo. Hombres tristes y enojados que, sin dudas, son un peligro latente para cualquier país, y que el gobierno de Estados Unidos supo gestionar y aprovechar muy bien, ofreciéndoles formar parte de las filas de ICE: el grupo de tareas de Donald Trump que se dedica a cazar y secuestrar inmigrantes, causando terror colectivo.
Para ser parte de ICE no se necesita ningún título. “América fue invadida por criminales y predadores. Te necesitamos A VOS para que los saques”, reza la página oficial de la agencia, que convoca a los nuevos profesionales de la crueldad. “ICE busca individuos con integridad y coraje”, explica el portal, y detalla beneficios soñados en un escenario donde el único beneficio que ofrecen normalemente los trabajos es, básicamente, no ser un desempleado: “salarios competitivos y un atractivo paquete de beneficios que incluye seguro médico, dental, de visión, de vida y de cuidados a largo plazo, plan de jubilación, reembolso de matrícula educativa, subsidios de transporte, programas de salud y bienestar y acceso a centros de fitness”.
ICE es una política pública que les da a esta masa de varones enojados por las promesas neoliberales no cumplidas una medalla, un uniforme militar, un sentido de pertenencia, una comunidad, un arma, impunidad para usarla y una misión: secuestrar personas y hacer que América sea Great Again. Ser héroes a través de perseguir a los enemigos internos que destruyen el American Dream, lo que no les permite advertir que los verdaderos destructores del American Dream son las corporaciones depredadoras de billonarios que se autocelbran en islas remotas del Caribe. No hay que ser blanco para ser parte de ICE: así como hubo judíos entregadores durante el nazismo, descendientes de inmigrantes latinoamericanos y afroamericanos también se alistaron.
