Hernán Borisonik investiga los fundamentos filosóficos para una regulación global de la Inteligencia Artificial
El avance acelerado de la Inteligencia Artificial volvió urgente un debate que excede lo técnico: ¿quién regula estas tecnologías, desde qué valores y con qué objetivos políticos? Esa es la pregunta que guía la investigación que el filósofo y sociólogo Hernán Borisonik desarrolló recientemente en la Universidad de Fudan, en Shanghái, una de las instituciones más prestigiosas de China en el campo de las humanidades.
Doctor en Ciencias Sociales por la UBA, investigador del CONICET y profesor de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), Borisonik realizó un estudio comparativo entre China, Europa y Estados Unidos para analizar los distintos modelos de regulación de la IA y las concepciones filosóficas que los sostienen. En diálogo con Página/12, explicó cómo cada región expresa, a través de la tecnología, una forma particular de entender la sociedad, el poder y el futuro.
Uno de los conceptos clave que atraviesan su análisis es el de “cosmotécnica”, desarrollado por el filósofo Yuk Hui, que plantea que la tecnología no es neutral ni universal, sino que está profundamente ligada a la cosmovisión de cada cultura. Desde esta perspectiva, Borisonik observa que mientras en Europa y Estados Unidos el eje regulatorio se organiza en torno a los derechos individuales, en China prima una lógica centrada en el Estado y la armonía social, con fuertes raíces en la tradición confuciana.
En Occidente, señala, la regulación suele llegar tarde: primero se libera el mercado y luego se intenta controlar los efectos negativos de las innovaciones digitales. En Estados Unidos, en particular, predomina un modelo de “regulación blanda” que busca no interferir con el desarrollo de las grandes empresas tecnológicas, incluso cuando esto supone riesgos sociales. Europa, en cambio, adopta una postura algo más preventiva, con marcos éticos y jurídicos que reconocen el potencial daño de las tecnologías no reguladas.
China presenta un esquema diferente. Allí, el desarrollo tecnológico se articula desde el Estado, en estrecha relación con el sector privado, las universidades y el Partido Comunista. Esta trama permite anticipar regulaciones, orientar la innovación y priorizar objetivos estratégicos de largo plazo, como el cuidado de las futuras generaciones o la transición hacia energías renovables. En ese contexto, la IA no aparece como una apuesta especulativa, sino como parte de un proyecto nacional de desarrollo.
Borisonik destaca que China ya es líder mundial en IA aplicada y en el uso de datos masivos, y que en el terreno de la IA generativa compite de igual a igual con Estados Unidos. Plataformas como DeepSeek muestran un modelo alternativo al de Silicon Valley: menor inversión, menor impacto ambiental y una lógica de servicio más que de monetización inmediata, aunque sin dejar de responder a dinámicas de mercado.
El investigador advierte también sobre los límites del capitalismo occidental actual, donde el poder del lobby empresarial y la financiarización tienden a frenar transformaciones clave, como la transición ecológica o una regulación efectiva de la IA. En contraste, el modelo chino —con todas sus tensiones y contradicciones— parece contar con mayores “anticuerpos” frente a las burbujas especulativas y una capacidad más sólida para sostener procesos tecnológicos en el largo plazo.
Lejos de idealizar uno u otro sistema, Borisonik propone pensar la regulación de la Inteligencia Artificial como un problema político, filosófico y global. En un mundo atravesado por tecnologías cada vez más poderosas, la pregunta central no es solo qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de sociedad queremos construir con ellas.
