El lado B del café de especialidad: historias, proyectos y derivas fuera del circuito

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Hay vida cafetera más allá de Chacagiales, los tatuajes aesthetics y las playlists de “lofi hip hop radio beats to relax/study to”.

Orígenes, varietales, métodos. Baristas, máquinas, granos. Temperaturas, extracciones, alturas. Acidez, dulzura, cuerpo. Alejándose de la burla bobera que hoy se yergue demodé, la avanzada del café de especialidad se sacó de encima el pesado mote de “moda” y salió con hidalguía del clóset snob que compartía con la masa madre, la kombucha artesanal, los huevos de gallinas felices y los vinos orgánicos, entre otros chiches gastrosensibles.

Hoy, con la apertura de un tendal de cafeterías, la incorporación del specialty coffee en las cartas hoteleras, la proliferación de torneos, la profesionalización de los trabajadores y el boom del barismo (en espejo a lo que fue el de bartenders post Cóctel (1988), aquel mítico film con Tom Cruise), el café de especialidad ya cruzó el Hades y se para con fuerza como un nuevo estándar en el ecosistema gastronómico.

Por eso, el café de especialidad expande sus tentáculos hacia otros costados, tal vez menos obvios, tal vez más diversos: proyectos, personajes y aventuras que basan su core en el café pero que sirven de trampolín para llegar a otros puntos cardinales, a otros destinos posibles. Sí, adiós torrado, hola Panamá Geisha, pero tranqui: hay vida (cafetera) más allá de Chacagiales, los tatuajes aesthetics y las playlist de “lofi hip hop radio beats to relax/study to”.

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