“Bugonia”: entre la conspiranoia y el cinismo caníbal
Remake de “Save the Green Planet!”, presenta a un joven alienado por teorías conspirativas, confrontando a una CEO no mucho más agradable.
“La revolución no será televisada”, afirmaba a comienzos de los ’70 el poeta Gil Scott-Heron, jugando con la idea de que los cambios más profundos en una sociedad, en caso de que alguna vez los hubiera, no serían un éxito mediatico ni contarían con el auspicio de las corporaciones. Apropiándose de esa lógica podría decirse que, llegado el caso, las invasiones extraterrestres tampoco se verán en las pantallas. O al menos ese parece ser el caso de lo que se narra en Bugonia, último trabajo del griego Yorgos Lanthimos y su cuarta colaboración al hilo con la actriz Emma Stone, desde que comenzó a trabajar con ella en La favorita (2018).
Como una reducción absurda de la realidad, el protagonista es Teddy, un joven alienado por teorías conspirativas, convencido de que el mundo está siendo colonizado en secreto por una raza alienigena y que solo él puede detenerla. Remake de Save the Green Planet! (2001), una comedia oscura dirigida por el coreano Jang Joon-hwan, Bugonia también tiene puntos de contacto con They Live (1988), de John Carpenter. Uno de esos elementos en común es el hecho de que la invasión, si la hubiera, ocurriría fuera del radar del sentido común. Otro, la certeza de los protagonistas de ser los únicos capaces de reconocer a los invasores. Pero mientras Carpenter se pone del lado de su personaje de forma incondicional, Lanthimos mira al suyo con desconfianza, una diferencia que, antes que nada, es de orden ético.
Teddy está seguro de que Michelle, la CEO de la empresa farmacéutica en la que él mismo trabaja, es una de esas invasoras y decide secuestrarla. La inclusión de la industria de los medicamentos dentro de la trama no es una elección inocua, sino la confirmación de que Bugonia busca establecer un diálogo con su propio tiempo. Movimientos antivacunas, terraplanistmo, InCels, teorías conspirativas antielitistas: todo eso se amalgama en la figura de Teddy, quien por supuesto usa las redes sociales para informarse y difundir su tesis. Una construcción que le apunta al lado biempensante del espectador para sembrar una duda: tal vez la verdadera amenaza sea el protagonista.
Tampoco es que Michelle sea un personaje más agradable. En ella se concentran todos los males del mundo corporativo como expresión definitiva del capitalismo. Bugonia propone, entonces, un dilema para el que no hay salida: de un lado la estupidez delirante; del otro, un cinismo caníbal. Ese pesimismo explícito, sazonado con varias cucharadas bien cargadas de sarcasmo y acidez, será el fondo de cocción político del tercer acto. Aunque los elementos que articulan ese desenlace puedan ser bastante previsibles, Lanthimos los maneja con habilidad, evitando que la película se convierta en un globo pinchado.
